Mi novio me pidió un trío con su compañero
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
El anuncio prometía solo masturbación entre machos. Subí con un six pack al cuarto piso del hotel, sin imaginar lo lejos que terminaríamos esa misma tarde.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Reservé la habitación tres semanas antes. Cuando ella se mordió el labio en el rellano del segundo piso, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Aquel mensaje cualquiera en su pantalla destapó el trato que habíamos firmado meses antes: experimentarlo todo, sin secretos, hasta donde nuestra calentura aguantara.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.