Lo que pasó en el vestuario ese martes
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
La recepcionista salió a almorzar y el doctor cerró la puerta del consultorio. Yo había ido por una simple rozadura. Salí por algo completamente distinto.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Valeria tardó diez minutos en agarrar el valor para bajar del auto. Cuando se paró bajo la farola, yo miraba desde el retrovisor sin poder respirar.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Cerré la puerta con llave y me quité la bata. Marcos me miró desde la cama con los ojos abiertos y algo que no era solo gratitud.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Lorenzo no sabía lo que quería hasta que me conoció. Yo sí lo sabía desde el primer día que lo vi en la empresa.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.