Mi cliente me pidió ser el primero esa madrugada
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Le pedí que palpara los músculos de mi cuello para estudiar anatomía. No esperaba que terminara la lección girándome la cara y besándome como si llevara años con esas ganas.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.
La lluvia nos dejó atrapados en el coche y él propuso un mirador apartado. Yo sabía qué pasaba en ese sitio, y aun así dije que sí.
Cuando subí al coche con el vestido y nada debajo, supe que el verdadero viaje empezaba en el primer semáforo, no al llegar al hotel.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Estaba sentada en el sillón redondo del fondo, con las piernas cruzadas y la copa medio vacía, cuando vi al chico de pelo rizado dejar su trago y caminar directo hacia mí.
Cuando bajé descalza a la cocina a las tres de la mañana, mi hijo ya estaba allí sin camisa, mirándome como un hombre, no como un niño, y supe que esa noche cedería.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.