Aquella noche mi vecina olvidó bajar las persianas
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Llevo casi un año en el oficio y aprendí a leer a un hombre en dos minutos. Aquel jueves cité a un casado de cuarenta y un años en una cafetería de Barcelona.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Lo contacté por una página de anuncios. Llevaba un año intentándolo y nunca se concretaba. Aquel 24 de diciembre fue la primera vez que me atreví.
A las siete de la tarde del 31 de diciembre no quería volver al hotel a estar solo. Recordé el lugar de cabinas a tres calles y empujé la puerta sin pensarlo dos veces.
Marcos nunca decía nada sin sentido. Pero esa tarde en el bosque, cada palabra suya era una línea que me invitaba a cruzar sin vuelta atrás.
Subí al baño con la ropa interior de Camila aún tibia entre las manos. No imaginaba que minutos después su madre estaría arrodillada frente a mí.
Cuando me abrió la puerta solo con la camisa puesta, supe que esa tarde no íbamos a hablar mucho. Y no me equivoqué ni un poco.
Cuando la puerta se abrió, todavía tenía su calzoncillo apretado contra la cara. Me miró con una sonrisa que no era de enojo, sino de algo mucho peor.
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Cuando colgó el teléfono entre sollozos, supe que esa noche acabaría en mi casa. Lo que no supe entonces es lo lejos que estábamos dispuestos a llegar los dos.
Cuando crucé el umbral de su departamento supe que no iba a salir igual de como había entrado. Llevábamos tres semanas separados y todavía olía a él toda la casa.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Me senté frente a él, le tomé las manos y empecé a hablar. Sabía que cada palabra me ataba más a él, aunque doliera como una caricia mal puesta.
Andrés llevaba años pidiendo más de lo que ella podía dar. Esa noche, Lucía dejó el cuchillo en la encimera, miró a su hijo y propuso algo que ninguno olvidaría.