Lo que pasó entre dos mujeres en un spa
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Llegué al departamento con cinco días de trabajo encima y los encontré a todos bronceados y sin ropa. Esa noche mi madre apareció junto al sofá con una pregunta que no esperaba.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.
Fui a arreglarle el lavarropas con una tanga roja debajo del pantalón. Solo tenía que encontrar el momento para que la notara. Él no dijo nada, pero se quedó a mirar.
Entré en silencio y lo encontré junto a la ventana, absorto en lo que había al otro lado de la calle. Mi hijo menor ya no era un niño, y yo lo vi todo.
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
Papá había salido temprano. Bajé a la cocina en camisola y la encontré de espaldas frente a la estufa. Llevaba semanas esperando ese momento.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Esa mañana era el cumpleaños de Valeria y yo había planeado cada detalle. Faltaba una sola pieza: la desconocida que esperaba en la estación con una gabardina y sin nada debajo.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.