Buscaban un tercero y terminé enamorándome de él
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Cuando ella me inmovilizó contra la hierba, supe que mi cuerpo había reaccionado de una forma que ninguna madre debería notar en su hijo.
Me puse el vestido que mejor me quedaba para ver una película. Detrás de la puerta entreabierta había tres pares de ojos esperando en silencio.
Ella nunca llegó al punto de encuentro. Veinte minutos más tarde, un desconocido se me acercó con una propuesta que no estaba en mis planes.
Cuando bajé al parque del Olivar aquel sábado, no imaginé que pasaría la tarde siendo el juguete de dos hombres en un baño donde cualquiera podía entrar a maquillarse.
Entré al salón completamente desnuda mientras ellos todavía sostenían las cartas. Lo habíamos hablado con mi marido, pero el final lo improvisé yo.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
Faltaban horas para que cerraran el cajón y yo me bajaba el cierre del vestido frente a sus dos mejores amigos. Que me mirara desde donde fuera, era lo único que me debía.
Toqué el timbre con el corazón a mil. Llevaba un vestido rojo y, debajo de la tela, una decisión que llevaba seis meses postergando.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Cuando entré al cuarto vi un sillón nuevo frente a la cama. Mi marido lo había colocado esa misma tarde sin decir nada. Ahí fue cuando entendí que ya no era una fantasía: estaba pasando.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
El coche de Roberto dobló la esquina y Valeria ya tenía el teléfono en la mano. Solo necesitaba escribir cuatro palabras para que Diego viniera corriendo.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.