El vecino que me enseñó a desear a los hombres
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Tres meses sola en Singapur por trabajo, un sábado libre y un masajista que no preguntó demasiado. Así empezó la tarde que no había planeado vivir.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Cuando le dije que podía llamar a alguien para que lo acompañara, fue a comprar cigarrillos. Treinta minutos después, Sofía bajó la escalera en tacones.
La conocía desde hacía años. Esa tarde en el bar, cuando se acercó para saludarme, algo en su mirada me dijo que aquello no terminaría con un simple abrazo.
Nunca lo había hecho. Nunca había dejado entrar a nadie por ahí. Esa tarde en las cabinas, un desconocido con crema de manos lo cambió todo.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Nunca imaginaron que esa tarde en la camilla los cambiaría. Era solo un masaje entre amigos. Hasta que las manos de uno acabaron donde nunca habían estado.
Solo fui a recoger el sostén que olvidé la noche anterior. Sofía me abrió con esa sonrisa, y supe que no iba a salir pronto de allí.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Valeria lo soltó mientras nos secábamos: necesitamos una cámara. Y las tres sabíamos exactamente a quién llamar.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.