Lo que pasó en la casa parroquial nunca debió pasar
El padre Tomás abrió la puerta del baño en calzoncillos. Al otro lado, su hermana, recién duchada, ni siquiera intentó cubrirse a tiempo.
El padre Tomás abrió la puerta del baño en calzoncillos. Al otro lado, su hermana, recién duchada, ni siquiera intentó cubrirse a tiempo.
Cuando la azafata bajó las luces de la cabina y dejó la manta más gruesa sobre los dos, Lorena giró la cabeza hacia su hijo y supo que esa noche nadie iba a dormir.
Llevaba años imaginándola sin saber que ella también pensaba en mí. Aquel sábado bajó al salón con una revista y una pregunta que lo cambió todo.
El móvil vibró con la orden de conectarme. En la pantalla apareció la piscina del chalet y mi cuñada esperando con un bikini que no dejaba nada a la imaginación.
Caminaba con las piernas separadas, cargado de un dolor que no sabía aliviar. Cuando ella entró en mi cuarto y me preguntó qué pasaba, supe que ya no había vuelta atrás.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.
Llevaba meses cazándome con la mirada en cada cena familiar. Esa tarde de tormenta entró a mi oficina y entendí que ya no podíamos seguir fingiendo.
Carmen me esperaba cada noche en su cuarto. El sábado en que mi hermana volvió, entendí que el pacto que habíamos sellado iba a reescribirse otra vez.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Lo encontré en mi cama con una de mis bombachas en la mano y un fajo de billetes sobre la colcha. Lo que vino después no fue por la plata.
Esa noche supe que mi cuerpo respondía a la voz de mi tío incluso antes de que me tocara, y el espejo de su cuarto recordó cada movimiento mejor que yo.
Esa madrugada bajé por agua y los vi por la rendija. A la mañana siguiente, mi cuñada subió con dos tintos y una sonrisa que no era inocente.
Aparecí desnuda en el salón sin avisar. Ellos levantaron la vista del televisor y supieron, antes de que yo dijera nada, que aquella tarde no se iba a parecer a ninguna otra.
Era mi hijo, había vuelto la noche anterior. A las siete de la mañana entré al baño sin pensar y lo encontré frente al espejo, sin nada encima.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
Crucé el lobby con tacones, vestido blanco demasiado corto y una sola idea en la cabeza. El recepcionista me miró y, en cierto modo, tenía razón.
Subí a conocer el piso nuevo y a brindar con cava. No bajé hasta la mañana siguiente, con su perfume todavía pegado a la piel y un secreto que nadie debía saber.
Toqué el dulce con la cuchara y se la pasé en la falda. Empezó a comer mirándome y supe, en el segundo lametón, que esa tarde nadie iba a estudiar.