Mi confesión: lo que pasó esa tarde en el club de lectura
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
Cuando la destinaron a mi camarote, pensé que sería incómodo. No imaginé que acabaría contando las horas para que volviera a la litera de al lado.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.
El vapor lo difuminaba todo en aquel vestuario vacío, menos la certeza de que sus manos sobre mi espalda no tenían nada que ver con el deporte.
Dos copas de vino, su pregunta inesperada y yo contándole mi primera vez con otro hombre mientras él me escuchaba con una atención que pronto se convirtió en algo más.
Llevaba tres semanas en el cajón, sin abrir. Esa noche de jueves, con el piso para mí sola, decidí que ya no había más excusas.
La persiana de Noa estaba entreabierta. Rodrigo se asomó sin querer y no pudo apartar la vista. Lo que vio esa noche cambió todo lo que creía saber sobre ellas.
La puerta se cerró tras ella con un clic que sentí en el pecho. No había nadie más en la sala, solo nosotros, los libros y todo lo que llevábamos meses fingiendo no desear.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Esa noche entré en el salón con el corazón acelerado. Sabía lo que quería y sabía que él también lo quería. Solo faltaba dar el primer paso.
Llevaba horas bailando sola cuando lo sentí detrás. Me giré y ahí estaba. Y supe que esa noche no iba a terminar en la pista.
Bajé a la cocina inquieta, con la piel ardiendo después de un sueño extraño. Él estaba sin camisa frente a la estufa, y su olor lo cambió todo.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
Cuando él llegó primero, ella ya estaba mirando las estanterías con un libro que no leía. Eran los únicos dos. Y ninguno fingió sorpresa.
Tenía diecinueve años, las manos le temblaban y me pidió que le enseñara. Yo tenía treinta y ocho, una bata de seda y toda la noche por delante.
Nos quedamos solos en casa con fiebre y aburrimiento. A la tercera noche, con las luces apagadas, Marcos me confió lo que nadie más sabía de él.
Ella esperó con la mesa puesta, la lencería nueva y una botella de vino. Al día siguiente los tres desayunaron juntos y Valeria decidió cómo cobrar la deuda.