Mi primer trío fue con la pareja del mensaje
Llegué al parque diez minutos antes y pensé en huir tres veces. Cuando los vi acercarse de la mano supe que iba a decir que sí a todo.
Llegué al parque diez minutos antes y pensé en huir tres veces. Cuando los vi acercarse de la mano supe que iba a decir que sí a todo.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Bajé la guardia frente a mi hermana, dejé caer la ropa al suelo y me ofrecí entero. Lo que ninguno de los dos imaginaba era lo que mi mujer hacía en casa, justo en ese momento.
Cuando Camila propuso bajar al sótano de mi novio, supe que aquella noche no iba a terminar como las otras: mi hermano ya la había probado por la tarde.
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
La encontré tirada en la cama con la remera de él, los ojos hinchados y un duelo del que no sabía cómo sacarla. Esa mañana no bajó a desayunar, pero yo sí subí a buscarla.
Subí a la habitación y las encontré sentadas en la cama, en lencería cambiada, con esa risa cómplice que tenían desde chicas y que esta vez no era inocente.
Llegué y la encontré con una de mis remeras y un calzón cómodo, como si fuera su novio el que volvía a casa. Esa noche no hubo cena, solo nosotros dos.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Valeria me esperaba en la cocina con una camiseta que apenas la cubría y una sonrisa que ya no era la de mi hermanita. Yo intentaba no mirar. No pude.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Valentina estaba tumbada en la cama con un top turquesa y una braga de encaje. Cuando me miró con esa sonrisa, algo en mí se rompió.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Sus ojos detrás de las gafas llevaban años persiguiéndome desde el otro lado de la barra. La tarde que le rocé la muñeca, supe que también esperaba algo.
Llevaba doce años fingiendo que aquella tarde en su piso no había significado nada. La barra libre de mi propia boda demostró lo contrario.
Cuando llegué al hotel pensaba que solo serían fotos. No sabía que en esa habitación me esperaban dos hombres y una decisión que cambiaría todo.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.