La noche que salí al parque sin nada bajo el blusón
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Adrián me pidió una fantasía y yo le di un escenario perfecto: un cristal de una sola cara, un aniversario de mentira y a su hermano caminando directo a la trampa.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Esa noche estaba sola, las cortinas cerradas, y decidí explorar hasta donde nunca había llegado. Lo que pasó después me dejó temblando frente al espejo durante horas.
Tenía cuarenta y cinco días para perder todo o aceptar su propuesta. Cuando colgué el teléfono, no fue mi mano la que tembló. Fue algo que aún no sabía nombrar.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Acepté un paseo y terminé contándole a la doctora de guardia lo que de verdad había pasado en aquella casita de la frontera.
Hacía cinco años que no la veía. La mujer que entró al patio aquella tarde no tenía nada que ver con la prima adolescente que yo recordaba.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Olía a tabaco y a campo, no a perfume caro. Cuando bajé a la cocina por agua a las tres de la mañana, supe que estaría ahí, fumando bajo la luna.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llevaba semanas diciéndome que era lo correcto: poner distancia, coger ese avión y no mirar atrás. Pero cuando abrí la puerta y lo vi, todo se fue al traste.
Aquel armario de hombre comía un bocadillo en la barra. Bastó cruzar miradas para saber que esa noche iría a buscarlo a la puerta de la discoteca.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
Saqué sus bragas del cesto convencido de que dormía. Levanté la vista y ahí estaba ella, en la puerta, mirándome con la incredulidad ya convertida en otra cosa.
Cuando me llevó a la escalera de servicio del salón, ya hacía media hora que su mano había decidido por las dos. Yo solo dejé que sucediera.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.