Confesión de la mujer que siempre me hacía volver
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.
Primero me grabaron masturbándome; después, mi madre descubrió que el pecado en esa casa no era el deseo, sino quién fingía no tenerlo.
En la madrugada la sentí volver a la cama, agitada. Cuando me di la vuelta vi que se estaba tocando debajo de la sábana, creyendo que yo dormía.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
Lo vi salir del pasillo en bóxer, oliendo a jabón y alcohol, y entendí que esa noche ya no iba a poder fingir que solo era el amigo de mi hijo.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Cuando empezó a contarme lo que hacía a puerta cerrada con un adulto de su familia, supe que no iba a poder escucharla sin excitarme.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Esa madrugada, cuando la casa por fin quedó en silencio, ella entró en mi habitación y dejó claro que ninguna de las dos iba a dormir.
Me levanté en puntas de pie a espiar el murmullo del cuarto de al lado. Sobre la cama no estaba el padre de Camila. Estaba su madre, encima de otra mujer.
Abrí su celular para confirmar una duda y terminé viendo algo que me dejó helado: mi esposa con dos hombres de mi propia familia.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
Empezó con roces en el patio y miradas largas; terminó contra la barda, con su respiración rota y mis manos donde ya no había vuelta atrás.
La nota sobre la almohada no dejaba dudas: alguien la observaba, conocía sus secretos y pensaba convertir su miedo en obediencia.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
El bulto de Idris se apretó contra mí un instante y no me aparté. Cuando cerraron la puerta, seguía empapada. Bajé por agua a la cocina y vi el frutero.
Entré al taller con el vestido más ajustado que tenía y sin bragas debajo, decidida a que ese hijo de puta me devolviera hasta el último peso que le había robado a mi marido.
Tenía veintitrés años cuando me fui a pasar las vacaciones con la tía Renata, y una noche entendí por qué me miraba distinto desde la cena del domingo.