El verano en que me descubrieron mirándome
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Cuando entré al bar y lo vi en la mesa del fondo sin Camila entre nosotros, supe que esa cerveza era una excusa y que iba a terminar con su boca en la mía.
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.
Sin foto de perfil, discreto, sin dramas. Cuando el desconocido de la app le mandó una foto por privado, Bastián reconoció al novio de su mejor amigo.
Agachada detrás de la mesa, vi cómo ella lo calentaba poco a poco, sin imaginar que el marido ya estaba mirando desde la sombra.
Cuando cerró la puerta de la oficina y me pidió que la mirara a los ojos, entendí que ya no íbamos a hablar solo de trabajo.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Cuando vi cómo él se le pegaba por detrás en el ascensor, supe que ese apartamento escondía algo que no iba a poder dejar de mirar.
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Tenía sangre ajena en las manos cuando cerró la puerta de mi cuarto y me pidió algo que ya no sonó a orden, sino a hambre.
Ni bien lo dejó en su portal supo que no iba a llegar a casa sin tocarse. Aparcó en el primer hueco oscuro que encontró y bajó la mano al bulto del pantalón.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Todas creían que sus trances venían del cielo. Solo el padre Rodrigo conocía el precio que ella estaba dispuesta a pagar para llegar a los altares.
Me presenté sin avisar, vestida para provocar. Lo que no imaginaba era que el hermano de mi novio aprovecharía cada segundo que pasamos a solas.
Lo conocía desde que cuidaba mi jardín: callado, correcto, siempre con un «señora» en la boca. Aquella tarde de abril entró a beber agua y todo cambió.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Me metí en el armario para vigilarla, convencida de que la protegía. No imaginé que la que iba a perder el control esa semana sería yo.
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.