Cómo terminé en la cama con mi mejor amigo gay
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
Camila tiró de la sábana sin pensar y se quedó mirando justo donde no debía. Lo que vino después cambió la forma en que mi hermana y yo nos hablábamos para siempre.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
Ella estaba de treinta y seis semanas y yo sola con ella toda la semana. Nadie sabía lo que cruzaba por mi cabeza cada vez que la ayudaba.
La puerta entreabierta dejaba escapar un gemido sofocado y yo, paralizado entre las sombras del pasillo, no podía moverme ni dejar de mirar lo que estaba viendo.
Cuando Marcos me confesó que podía ayudarme con las dos cosas, entendí que esa noche de disco iba a terminar mucho mejor de lo esperado.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Salté la reja a las tres de la mañana, con el vestido roto y las medias ensangrentadas, solo para mirarlo a los ojos y preguntarle si yo no estaba inventándome todo.
Cuando abrí la puerta esa noche, ellos no sabían que yo ya tenía el sabor de su amigo en la boca y un plan calculado en cada movimiento de mis caderas.
Aquella semana no debí haberme fijado en él. Pero cuando me abrazó por detrás en la piscina, supe que esa noche no iba a poder controlarme.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.