Mi marido y yo invitamos al profesor a casa
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.
Cuando trepó a la cabina, ella creyó que le tocaba un favor cómodo. No imaginaba que el viejo camionero llevaba semanas masticando la afrenta y esa tarde tocaba pasar cuentas.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.
Cuando tocó mi puerta a medianoche, pensé que necesitaba algo. Lo que no esperaba era verla quitarse el camisón y deslizarse bajo mis sábanas con esa sonrisa.
Había bajado del escenario para agradecer los aplausos, pero su mirada se quedó clavada en los ojos de mi esposa, y supe que esa noche cambiaría todo.
No era la primera vez que pensaba en cruzar ese pasillo, pero sí la primera en que mis pies se movieron antes que la cabeza. La casa entera dormía y yo no.
Cuando mi hijo subió a dormir, él se levantó del sofá y me miró como si llevara toda la noche esperando que nos quedáramos solos.
Cuando Hernán subió al coche y me miró las piernas un segundo de más, supe que aquel viaje no iba a terminar en casa de mi marido.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Una propuesta hecha entre risas, frente al televisor de la cabaña, abrió una puerta que mis hermanas y yo ya no podríamos cerrar nunca más.
Cuando llegamos a la casa de mi suegro creí que la despedida sería como cualquier otra, hasta que vi a mi suegra bajando las escaleras con esa mirada que ya conocía.
A las ocho y media tocó el timbre. Mi marido le abrió; yo lo esperaba arriba, descalza, con un camisón que apenas tapaba nada y un vestido de novia tendido en la cama.
Cuando levanté la mirada en el último asiento del trolebús, los ojos que me devolvieron la sonrisa no eran los de un desconocido: eran los de mi primo Bruno.
Llegué borracho a la cama y, minutos después, una sombra se deslizó bajo la sábana sin decir nombre. Pensé que era ella. No lo era.
Llevaba trece años con su madre y nunca la había mirado de ese modo. Pero esa tarde, cuando salió de la ducha sin nada, descubrí que ya no era la niña que correteaba por la casa.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.