Mi entrenador entró a las duchas cuando me quedé solo
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
El segundo día, el viento sacudía la cabaña con tal fuerza que solo nos quedaba ver películas. Una de ellas no debió salir nunca de esa caja mojada.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
La música sonaba lejos, la familia brindaba abajo y yo seguía sentada en la cama, sin entender en qué momento sus besos habían dejado de ser un juego.
Recuerdo cada nombre, cada habitación y cada beso. Pero ella me mira como si me hubiese inventado a todas las personas con las que pasé la noche.
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Años después sigo recordando sus bragas al viento, su mano entre las piernas y el beso que me lanzó desde la acera antes de desaparecer. Nunca dijimos una sola palabra.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.