El conserje me leyó la mirada antes del primer café
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
Cuando Damián se bajó el pantalón delante de mí y de su mujer, mi corazón se aceleró y supe que esa tarde no íbamos a volver de donde estábamos yendo.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
El cliente invocó al señor de las tinieblas pidiendo riquezas y placer. La segunda sombra que llamé reveló un deseo que él jamás se había atrevido a nombrar.
A las tres de la mañana, con el viento helado golpeando la carpa, me deslicé bajo su manta sin pedir permiso. Mauri no se movió, pero yo sabía que no dormía.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.