Mi mujer me contó lo que pasó con Nora en el gimnasio
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
La conocía desde los diecisiete. Le había contado todo. Y aquella tarde, mientras le subía el cierre del vestido, entendí que también quería besarla.
Tres semanas mirándolo descargar cemento desde mi ventana antes de invitarlo. Llegó un sábado a las tres, con el pelo mojado y la camisa recién planchada.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
Cuando Mariana me pidió ayuda, supe que el secreto que llevaba años escondiendo iba a salir a la luz frente a tres personas que apenas conocía.
Aquella tarde colgué el teléfono con las manos temblando, abrí una página que llevaba meses ojeando en secreto y le escribí al primer hombre que apareció conectado.
Ella siempre dijo que mi cuerpo me delataba antes que mi voz. Esa tarde, después de cruzarme con una vieja amiga, lo iba a comprobar de la forma más cruda.
La primera vez que fui solo a su casa, mi corazón latía fuerte mientras llamaba al timbre. No sabía qué decir. Él abrió con una bata húmeda y una sonrisa.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Aquella tarde, en el zaguán entreabierto de un desconocido, descubrí algo de mí que aún no sé cómo nombrar.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.
Volví del motel con la peluca en el bolso y dos condones sin estrenar. Al día siguiente, una llanta baja puso en mi puerta al hombre que iba a sacarme el coraje del cuerpo.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Bajé al consultorio por un simple dolor de espalda, sin sospechar que el médico de la empresa tenía un tipo de tratamiento que no figura en ningún manual.
Llevaba veinte años pensando que conocía mis propios deseos. Bastaron diez minutos en el ascensor con un veinteañero nervioso para entender que no sabía nada.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.