Lo que mis primas me obligaron a ponerme
Mi prima me tendió la lencería de nuestra tía y sonrió. Era el precio que debía pagar si quería conseguir, por fin, lo que llevaba meses suplicándole.
Mi prima me tendió la lencería de nuestra tía y sonrió. Era el precio que debía pagar si quería conseguir, por fin, lo que llevaba meses suplicándole.
Llevaba mi silla plegable y un calor entre las piernas que no era solo del agosto manchego. Lo que pasó después aún me hace temblar veintitantos años más tarde.
Apenas le di la mano para felicitar al recién casado, su mujer me sostuvo la mirada un segundo de más. Esa noche me susurró que la buscara al volver del viaje.
Llevaba meses publicando fantasías anónimas en un foro. Cuando él me escribió pidiendo conocerme, supe que iba a obedecer mucho antes de aceptar la cita.
Esa noche en la urbanización todo cambió. Vi a mi madre con otros ojos, y ella nunca supo que yo había sido el primero en darme cuenta de que ya no era la misma.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Cuando le pedí que me atara las muñecas con la pañuela de seda, no sabía que el verdadero juego empezaba con una palabra de tres letras: rojo.
Tocó su puerta después de dos años de silencio. Su madre lo miró de arriba abajo y le dijo que el perdón tenía un precio que ningún hijo debería estar dispuesto a pagar.
Después de dos botellas de vino, me pidió mi primera vez con detalle. Lo que empezó como una charla terminó conmigo arrodillada y él suplicando que no parara.
Le abrí el portón a las ocho y media con stilettos, medias negras y la falda más corta que tenía. Llevaba cuarenta días sin tenerme y no pensaba hacerle esperar más.
Bajé por un café a media tarde. La puerta entornada, los jadeos al fondo y la decisión que no debí tomar: empujar la madera unos centímetros más.
Cuando llegó el aviso, encendí la pantalla creyendo que sería una reunión más. No imaginé que vería a mi cuñada arrodillada frente al socio de mi suegro.
Subió primero por la escalera de la azotea sabiendo que yo iba detrás mirándole las piernas. Para cuando llegamos al tendedero, los dos sabíamos qué iba a pasar.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Eran las tres de la mañana cuando me asomé a la habitación de mis padres y vi a mi padre frente al televisor. No me fui. Me quedé mirando.
Diecinueve años, una tarde de treinta y ocho grados y mi tía política trapeando mi cuarto en jeans ajustados. Aquella tarde no aguanté más.
A las once apagamos la película. A las doce me acurruqué en su pecho. A la una me besó como nunca debió hacerlo. Y yo, virgen, supe que era suya.
Cuando dejó caer el pulóver al suelo y se descalzó frente a mí, entendí que aquella tarde no iba a salir de la casa de mi suegro siendo el mismo hombre.
Mi madre se inclinó delante de mí para sacar una cinta vieja de la caja y, cuando se ajustó la bata muy despacio, supe que había visto lo que yo no quería que viera.