La primera vez que no salió como planeamos
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Una presentadora de televisión. Un sobre anónimo. Un heredero de veinte y tantos años esperando en la suite. Y un marido que quería oírlo todo.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Cuando el hermano mayor entró por esa puerta, ya era demasiado tarde para arrepentirme. Estaba en ese hotel, entre los dos, con el deseo ganándole a la vergüenza.
Tenía 48 años, un matrimonio estable y una mentira perfecta. Cada semana cruzaba esa puerta y me convertía en otra mujer. Una que no sabía que existía.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Cuando me dijo que era virgen, no supe si reírme o abrazarlo. Elegí lo segundo. Lo que vino después fue inevitable.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Rodrigo la miró sin disimulo junto a los baños termales. Sofía tenía los ojos cerrados y el cuello largo expuesto al sol. Claudia lo vio y no dijo nada.
Diez años de viudez y silencio. Hasta que una noche vi luz bajo su puerta y me acerqué. Lo que encontré al otro lado cambió todo entre nosotras.
Cuando le tomé las manos en el auto, frente a la plaza, ella ya sabía adónde la iba a llevar. Yo todavía fingía que no lo sabía.
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Cuando abrí la puerta del baño y vi a Sandra con esa faldita y los labios pintados de rojo, entendí que el plan original ya no existía.
Llevaba semanas fantaseando con ella, pero fue la tormenta de nieve y ese motel de parejas lo que terminó por romper las barreras entre nosotros.
Llegó a ayudarme con el televisor nuevo, con sus brazos marcados y esa mirada que evitaba la mía. Tenía veinte años y yo ya sabía lo que iba a pasar.
Cuando entré al camión con él esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue terminar de rodillas en la oscuridad mirándolo así.
Llevaba tres días en aquella ciudad cuando entendí que el verdadero destino del viaje no estaba marcado en ningún mapa, sino en lo que esa mujer me susurró al oído.