Mi prima me llevó al probador sin avisar
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Tardé dos segundos en reconocerlo al otro lado de la barra. Llevaba falda entallada y medias de red, y estaba dejándose tocar por un desconocido.
Su culo pequeño y levantado fue lo primero que noté. Pero esa noche descubrí que Valeria tenía planes desde mucho antes de que empezara la barbacoa.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.
La promesa se la había hecho semanas atrás, en un momento de debilidad que no olvidaba. Ahora estaba aquí, y Karim no iba a dejarla arrepentirse.
Me había llevado la maleta con mi ropa de nena sin que nadie supiera. Pero Roberto, mi vecino de cincuenta años, tenía ojos muy atentos.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
Llevaba dos horas en su salón respondiendo preguntas como si fuera una entrevista de trabajo. En cierta forma, lo era.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.