Volvió al carro cargada del semen de mi hermano
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
Natalia nunca había dormido conmigo en la misma habitación. Esa noche en Cartagena descubrí que tampoco le importaba estar sin ropa delante de mí.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Llevábamos meses construyendo algo sin nombre. La tarde que por fin me atreví a preguntarle, supe que ya no había vuelta atrás.
Laura despertó con el cuerpo pesado y un silencio extraño en el apartamento. La puerta del otro cuarto estaba entreabierta. Las camas, vacías.
El tipo puso la mano sobre la falda de Lucía y ella no se movió. Yo estaba aplastado entre cuerpos y lo que sentí no fue lo que esperaba de mí mismo.
Cuando la tijera terminó su trabajo, el espejo le devolvió una mirada que no era del todo suya. Y la voz que escuchó en ese salón no lo dejó en paz.
Llevaba meses sin verla. Cuando la vi en la entrada del restaurante con su barriga redonda y esos ojos oscuros, entendí que me seguía gustando tanto como antes, quizás más.
La encargada del almacén nunca le dio ni media sonrisa. Esa noche la encontró sola en la parada, sin colectivos y sin escapatoria.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Cuando le pedí que abriera un poco las piernas y el chico del fondo no pudiera dejar de mirarla, entendí que aquella fantasía era solo el principio.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Llegamos del trabajo, cerramos la puerta y nos olvidamos del mundo. Hasta que el mensaje de la prima de Vale apareció y cambiamos de conversación.
Todos dormían a metros cuando me apoyé contra la pared fría del patio. Esa noche, mi cuñado haría algo conmigo que ningún hombre había conseguido antes.