La noche que la banquera perdió el control en el spa
Se reía de ellos, desnuda y triunfante, convencida de que los había usado. No vio el odio crecer en sus miradas hasta que fue demasiado tarde.
Se reía de ellos, desnuda y triunfante, convencida de que los había usado. No vio el odio crecer en sus miradas hasta que fue demasiado tarde.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.
Solo había una cosa que tenían prohibido hacerme, y era justo la única que yo deseaba mientras me usaban durante un mes entero.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Crucé las piernas despacio hasta rozar su rodilla en la butaca de al lado. Ella no apartó la mirada de mis muslos, y yo supe que esa noche no terminaríamos viendo la película.
Llevaba dos años sin tocar a nadie cuando ella respondió mi mensaje con una sola pregunta: «¿cuándo nos vemos?». No imaginé cómo terminaría esa noche.
Alquilamos una casa perdida en la montaña para pasar las fiestas. La nieve nos dejó incomunicados, y esa misma noche un juego de cartas terminó con todos desnudos frente a la chimenea.
Creíamos que solo era un fin de semana de Navidad entre amigos. Tres días después, ninguno de nosotros volvió a mirar a su pareja de la misma manera.
Damaris cruzó mi puerta con un sostén negro y unos tacos altos. No traía nada más. Esa tarde no íbamos a respetar ningún límite que ya hubiéramos cruzado antes.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Le planchaba las camisas como si fueran ofrendas y le ataba los cordones de rodillas. Nadie imaginaba lo que haría la noche que la sacaron a tomar una copa.
Cuando descubrí que todo había sido una trampa suya, debí marcharme. En cambio, dos días después le dije que sí a un piso vacío y a unas reglas que no conocía.
Me arrodillé frente a la puerta con el labial recién puesto y el corazón a mil. Cuando se abrió, supe que esa noche yo ya no decidía nada.
Damián chasqueó los dedos y su mujer obedeció sin rechistar. Esa misma noche su prima, ya embarazada, le confesaría que el hijo que esperaba también era suyo.
Chiara pedaleaba justo detrás de él en cada subida, y cada parada a la sombra era una excusa nueva para acercarse más de lo necesario.