El esclavo blanco de un hombre llamado Lamine
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Llamé a su puerta sabiendo que ya no había marcha atrás. Quince años esperando este momento, y por fin me tocaba pagar lo que no me atreví a hacer aquella noche.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Soy una travesti de clóset. Llevaba meses obedeciendo sus correos cuando me escribió que vendría a mi ciudad, y supe que esa tarde haría conmigo todo lo que me había ordenado.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Reproduje el video antes de enviarlo y supe que no era suficiente: todavía quedaba orgullo en mi voz, y él lo notaría enseguida.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Carolina chupaba el chorizo recién frito con los ojos cerrados, y Marcos supo en ese instante que esa noche la cena se convertiría en algo muy distinto.
Nunca le había confesado a nadie hasta dónde llegaba cuando me quedaba sola. Esa mañana decidí grabarlo y dejar que un desconocido lo viera todo.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Las palabras salieron de mi boca antes de pensarlas, y en cuanto las dije supe que ya no había vuelta atrás. Él me miró distinto.
Duermo desnuda y tú lo sabes. Por eso mi fantasía siempre empieza igual: una mañana cualquiera, sin un solo mensaje, apareces y me tomas dormida.