Espié a mi novia con su mejor amigo esa madrugada
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Sonó el timbre a las siete y media y supe que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Ella bajó las escaleras sin sujetador, los miró y sonrió.
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
La cama crujía al ritmo de unos gemidos contenidos. Caminé descalzo hasta la rendija de la puerta de Camila, y lo que vi me dejó clavado al piso una hora entera.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.