La travesti del quinto piso me hizo subir sudando
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Venía todas las noches al bar, se sentaba en el mismo lugar y no molestaba a nadie. Solo la miraba. Y Sofía, que ya había visto de todo, empezaba a devolver la mirada.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Esa tarde todo parecía normal, una reunión entre amigos. Hasta que ella abrió la puerta de mi cuarto y me miró de arriba abajo, sin pedir permiso.
Cada mañana salgo de casa con un regalo específico para mamá. Ella me espera en su cama, y lo que compartimos las cuatro es algo que nadie en el barrio imaginaría.
Me arrodillé entre los arbustos, con las medias rotas y las rodillas en la tierra. Me pidió que ladrara. Y lo hice. Lo que eso me dijo de mí misma fue lo más revelador de la noche.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Diego me desafió con esa sonrisa suya, seguro de que no iba a cumplir. Pero soy mujer de palabra, aunque me cueste reconocerlo.
Llevaba años cargando mi mochila en el coche con toda mi lencería dentro, por si acaso. Ese jueves por fin llegó el momento.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.