La esposa madura que su marido me presentó esa noche
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Cuando ella saltó sobre mí en la madrugada del primero de enero, creí que esa sería toda la historia. No sabía que el secreto que guardaba iba a cambiarlo todo entre nosotros.
Aparcó frente al edificio, se miró en el retrovisor y no reconoció a la mujer que devolvía la mirada. Esa noche había decidido dejar de ser la esposa perfecta.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Cuando el caso me obligó a vestirme de mujer por primera vez, no imaginé que la mujer del espejo, Lía, terminaría arrastrándome a una noche que lo cambió todo.
Vivíamos los tres bajo el mismo techo y, al principio, lo único raro era el silencio. Después llegaron las copas, los bailes y una confianza que no debía cruzar ninguna puerta.
Cuando Sofía me susurró al oído que esa noche no estaríamos solas, sentí un escalofrío que no supe si era miedo o ganas. El desconocido ya subía las escaleras.
Llegué tarde al hotel, hambriento y harto de carretera. No imaginaba que esa noche terminaría en la habitación 205, repartiéndome a la camarera con mi compañero.
En el templo de obsidiana, Nerea apretó los dedos contra su propio vientre y susurró el deseo que la consumía: ser, por fin, el espejo exacto del cuerpo doble de su amada.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Toqué el timbre convencida de que estaríamos los dos solos. Me abrió una desconocida de pelo negro y sonrisa torcida que ya sabía mi nombre.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Cuando empecé a provocar a Diego dentro de la carpa, Camila tenía los ojos cerrados. Pero su mano ya se movía bajo la bolsa de dormir, y supe que no estaba dormida en absoluto.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Llamó a su puerta empapada por la lluvia, sin orgullo y sin nada que ofrecer salvo su cuerpo. Ellos la miraron, se miraron, y ella supo que todo volvía a empezar.
Bajaba la mirada cada vez que ella entraba al local, fingiendo contar tornillos. Lo que nunca supe es que ella también me estudiaba a mí.