La fantasía de masaje que acepté con una pareja
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
Fui a pedir ayuda, pero cuando vi cómo me miraba en aquel despacho, supe que la conversación podía acabar de una forma mucho más peligrosa.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.