Aquel verano en el hotel terminó en una orgía
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.
Me vestí con la ropa más sosa que tenía para no dar señales. Lo que no calculé fue que en ese piso no vivía solo, y que yo seguía siendo la misma de antes.
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
La foto llegó a mi correo sin remitente: la reina sonreía con la cara cubierta de leche y la corona intacta. Entonces entendí por qué siempre ganaba la misma clase de chica.
Llevaba cuarenta años esperando participar en unas elecciones. Nadie me avisó de que terminaría desnudo, persiguiendo a una desconocida entre las urnas volcadas.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
A los cuarenta y cinco, ocho años sin tocar a un hombre, Inés creía haberlo visto todo. Hasta que sus dos amigas más recatadas llegaron llorando con la verdad.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Bajé al jardín dispuesta a llamar a la policía. No imaginé que terminaría de rodillas, entregada a los tres extraños que se escondían en la casa de invitados.
Detrás de la puerta esperaban siete hombres que yo no conocía. Bruno había arreglado todo, y yo solo tenía que dar tres golpes para empezar.