La vendedora del 7B y su tanga de perlas
Llegué del trabajo arrastrando los pies y la encontré esperándome en el rellano, con la sonrisa de siempre y un bolso lleno de cosas que no estaban en mi presupuesto.
Llegué del trabajo arrastrando los pies y la encontré esperándome en el rellano, con la sonrisa de siempre y un bolso lleno de cosas que no estaban en mi presupuesto.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Treinta y dos años, uñas rojas y una manera de mirar a las mujeres que parecía un saludo y una pregunta. Yo era una mujer casada. Eso, hasta la noche que olvidé las llaves.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Llevaba días escondido entre las matas, mirándola moverse sobre otro hombre cada noche. Cuando él faltó por una fiebre, yo me acosté en su lugar.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Cuando la hielera cayó al suelo no pensamos en el ruido, pensamos en mi esposa cabalgando desnuda sobre Damián. Tampoco pensamos en quién podría asomarse.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
La cama crujía al ritmo de unos gemidos contenidos. Caminé descalzo hasta la rendija de la puerta de Camila, y lo que vi me dejó clavado al piso una hora entera.