Bajé en toalla nueve pisos con todos mirándome
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Le ofrecí un café sabiendo que no lo invitaba por el café. Él aceptó sabiendo que no entraba por el café. Lo demás pasó en la mesa antes de las nueve.
Coincidimos en el ascensor por casualidad. Llevaba cajas y yo tenía las manos libres. Acepté ayudarla sin saber que esa bodega cerraría con los dos adentro.
A las seis y media de la mañana salté la reja, entré por la cocina y me metí desnudo en su cama. Carmen ni se sobresaltó: me esperaba desde la madrugada.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
Cruzó la puerta de la tienda con el vestido más corto de su armario. Don Rafael había esperado años para llevarla por la puerta escondida detrás del estante.
Pensé que estaba sola en mi cuarto, hasta que noté la silueta del muchacho asomado a la ventana de enfrente. Y entonces decidí que se quedara mirando.
Trepé al limonero por una sombra cualquiera. Cuando aparté las hojas, la vecina dejaba correr el agua por su espalda y el sol le caía sobre la piel mojada.
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
Levanté los ojos del libro y ahí estaba, asomado a su ventana, sin camiseta, mirándome como si yo fuera el canal que llevaba toda la tarde esperando.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.