Mi mujer me recogió casi desnuda y mi primo iba atrás
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.
Subí a buscarlo y encontré la puerta de mi cuarto entornada. Por la rendija escuché la respiración de Camila y entendí que él no había vuelto al partido por nada.
Lucía cabalgaba a su hijo menor cuando su hijo mayor bajaba del autobús a unos kilómetros. Nadie sabía aún que la tabla suelta de la ventana lo cambiaría todo.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Pensé que la siesta dejaría la playa vacía. Cuando volví del mar, ella tenía una mano dentro del bikini y los ojos cerrados, ajena a que la estaba mirando.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
El portátil parpadeaba en la habitación vacía. Al levantar la pantalla, su padre entendió que la hija responsable de la casa era solo una máscara cuidada.
Me había desvelado con café estudiando, hasta que un rechinido en la pared de al lado me hizo bajar la almohada y darme cuenta de quién hacía ese ruido.
Pensé que estaba sola en mi cuarto, hasta que noté la silueta del muchacho asomado a la ventana de enfrente. Y entonces decidí que se quedara mirando.