Le ofrecí cien pesos y aceptó venir a mi casa
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Cuando volví a casa de mi hija temblando todavía, supe que los días que me quedaban a solas con su marido iban a cambiarlo todo.
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Habíamos planeado esa noche durante una semana: su marido en el fútbol, mi mujer en clase. Lo que no calculamos fue cuántas veces nos iban a interrumpir.
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Me sacaba treinta años y todos se reían de sus piropos. Pero cuando me subió al coche y su mano buscó mi muslo, dejé de reírme yo también.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
El árbol que crecía entre nuestros patios fue solo la excusa. Lo que de verdad quería estaba del otro lado de esa pared, y aprendí a saltarla cada vez que él se iba.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Tres meses se hicieron nueve, y entre cascadas y orquídeas descubrí que mi cuerpo distinto no era una condena, sino el centro del deseo que la aldea celebraba.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Volví a casa con el cuerpo todavía encendido por la noche anterior, sin imaginar que una charla en la cocina iba a desarmarme más que cualquier caricia.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Cuando me abrió la puerta con aquella bata colorada, supe que el verano no había terminado: todavía nos quedaba una cuenta pendiente entre las sábanas.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Diez minutos antes de las seis guardé los papeles, retoqué mi lápiz labial rojo y conduje hasta el motel donde él me esperaba con una orden muy precisa de mi marido.