Cien kilómetros para cobrarme la obediencia de mi sumisa
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Le pedía que subiera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del trabajo en la piel. Nunca le conté que era a él a quien más extrañaría.
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Apagué el móvil con sesenta llamadas perdidas de mi novio, encendí las velas y esperé en lo alto de la escalera a que sonara el timbre de abajo.
Volví antes de tiempo, abrí la puerta de casa y entendí que el silencio entre nosotros tenía un nombre, una voz grave y una sonrisa que no era para mí.
Mi marido salía a las seis de la mañana. Él llegaba a las siete. Esa hora de diferencia fue todo lo que necesité para empezar a engañarlo sin culpa.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
Me tomo la pastilla, elijo bien y me dejo llevar. El morbo no está en el riesgo, está en perder el control con alguien que sabe exactamente lo que quiero.
A los sesenta y cuatro años, Amparo sacó del armario la minifalda de cuero que nunca se atrevió a usar. Esta vez sí pensaba ponérsela: él llegaba el lunes.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.
Apagué la luz convencida de que no vendría. Entonces sonó el timbre dos veces y supe que esa noche no iba a dormir nada.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Todos en la sala de espera nos miraron cuando entramos de la mano. Ninguno imaginaba el secreto que yo guardaba debajo de aquella tranquilidad mía.