Mi amante odiaba un sabor hasta aquella mañana
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Se lo había negado durante meses. Esa noche, en una habitación de hotel que olía a desinfectante barato, decidí que dejaría de decirle que no.
Le abrí la puerta con un solo vestido de botones y nada debajo. Si entendía la invitación, perfecto; si no, ya sabría yo cómo dejársela clara.
Le prometí que esta vez sería distinta. Lo cumplí durante exactamente tres semanas, hasta que el portero del bar llegó una hora antes de lo habitual.
Cuando me arrodillé frente a él mientras conducía, supe que esos últimos kilómetros de carretera iban a quedarse conmigo mucho más de lo que admití.
Llevaba semanas frenándolo con una sonrisa y un «todavía no». Esa noche, cuando su mano encontró la mía, supe que ya no quería seguir esperando.
Tenía cuarenta y dos años, un matrimonio recién enterrado y unas ganas enormes de sentirse deseada otra vez. Esa noche, en la barra, alguien la miraba.
Lo había mirado durante días desde la terraza, fingiendo que no lo hacía. Esa tarde de calor decidí dejar de fingir y bajé con un vaso de limonada en la mano.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Me pilló mirándola mientras ojeaba un Cortázar. Sostuvo la mirada tres segundos, sonrió de lado y supe que esa tarde en la librería no iba a terminar entre libros.
Pasaba por detrás de mi hijo con él pegado a mi espalda, conteniendo la respiración. Sabía que estaba mal, y justo por eso no podía parar.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Llevaba medio año aferrada a un recuerdo y a mis noches a solas. El viernes me quité la ropa interior en un área de descanso y conduje el resto del camino temblando.
Cuando ella le dijo «tirando», Tino entendió que esa palabra pesaba lo mismo que la suya: años de sábanas frías. Y en mitad de la calle decidieron remediarlo.
Nunca imaginé que la mujer elegante y serena que me crió escondiera, a las dos de la mañana, a otra completamente distinta sobre el sillón del salón.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
Me vestí con la ropa más sosa que tenía para no dar señales. Lo que no calculé fue que en ese piso no vivía solo, y que yo seguía siendo la misma de antes.
Tres mujeres, una casa enorme y una piscina al sol. Bastó una mirada entre ellas para que la tarde dejara de ser inocente y se convirtiera en otra cosa.
Yo mismo la animé a aceptar la propuesta de su amante. Jamás imaginé que esa madrugada volvería rodeada del recuerdo de unos desconocidos.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.