Mi nueva compañera de piso llegó con su marido
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
Sebastián le pidió que lo rompiera todo. Lo único que se rompió fue la promesa que le había hecho, en la cama de un desconocido que olía a triunfo.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Durante dos años entregó su cuerpo cada viernes para mantener vivo a su marido. Ahora él vuelve a casa, y ella no piensa renunciar a la celda que la hizo libre.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Para ella es solo cariño, una forma de cuidarlo. Para él es amor. Y entre los dos crece un secreto que late cada noche a pocos metros de su novio dormido.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Nunca conocí a mi abuelo, pero su última voluntad me ató a una mujer que no esperaba y a una casa donde todo terminó cambiando.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Lo conocí entre cuadros que parecían susurrar y, dos horas después, estaba contra la puerta de su casa preguntándome cómo había llegado tan lejos sin decir una palabra.
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.