Mi primera tarde en la habitación alquilada de Sevilla
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Cuando vi que la película que poníamos era porno, su mano subió por mi muslo y yo dejé de querer bajarme del sofá. Era mi hermano. Y esa noche lo hicimos todo.
Llevaba toda mi vida convencido de algo. Aquella tarde, junto al arroyo, viendo a un compañero salir del agua, entendí que estaba equivocado.
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Cuando entró en la ducha, no dijo nada. Solo apoyó sus pezones contra mi espalda y susurró que me dejara llevar. Mi mujer estaba a miles de kilómetros, con otro.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.
Bajó por mi cintura con una calma que no era suya. Entonces supe que aquella noche no era una reconciliación, sino una despedida elegida.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Ella levantó la copa desde el rincón como brindando conmigo. Él se acercó y me dijo al oído que querían llevarme al departamento de Pichincha. Yo no sabía lo que vendría después.
Subí los cuatro pisos con el corazón disparado. Quería un juguete, pero salí con algo más: la mirada de la chica detrás de los lentes grabada para esa noche.
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Una noche, después de demasiadas cervezas, le dije que sí. Lo que vino después me obligó a replantearme todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Cuando noté que algo había cambiado, ya era tarde. Lo tenía hasta el fondo y él no se detuvo. Solo entonces entendí lo que había hecho sin pedirme permiso.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Cuando entré al «Esencia» del brazo de Sofía, no imaginaba que esa noche conocería al hombre que cambiaría para siempre mi idea del amor clandestino.