Mis mediodías secretos con un chico tatuado
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Mi esposa quería ver cómo me cogían a mí, no al revés. Lo que descubrí esa noche en la suite del hotel todavía me obliga a hacerme preguntas que no me animo a responder.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
El cliente invocó al señor de las tinieblas pidiendo riquezas y placer. La segunda sombra que llamé reveló un deseo que él jamás se había atrevido a nombrar.
A las tres de la mañana, con el viento helado golpeando la carpa, me deslicé bajo su manta sin pedir permiso. Mauri no se movió, pero yo sabía que no dormía.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Subí en el ascensor con tacones y peluca, rezando para no cruzarme con nadie. Él abrió en albornoz y me llamó zorra antes de que dijera hola.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Habíamos rechazado a tres parejas. Cuando por fin encontramos la perfecta, nos pusieron una condición que no esperábamos ni en nuestros sueños más raros.