Mi mejor amigo me lo pidió y acepté
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.
Tres meses chateando con un desconocido que tampoco se animaba a confesarle a nadie lo que quería. Aquella tarde en el patio de comidas todo cambió.
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Le dije a Mateo que parara, que mi hermana dormía a tres metros, pero él insistió en silencio. No imaginé que ella iba a abrir esa puerta justo entonces.
Lo vi acercarse al sofá donde ella gemía bajo el peso de su hombre. Lo que ese intruso hizo con sus dedos antes de marcharse me dejó temblando en mi rincón.
Cuando vi lo que escondía en el fondo del canasto entendí que esa noche se la habían cogido. Lo que no esperaba era cuánto iba a divertirme con su confesión.
Rompí el vestido, tiré un zapato y me restregué los muslos hasta dejarlos rojos. Cuando lo llamé llorando desde la cabina, supe que vendría sin pensarlo.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.