Mi amante me oyó gemir con el bajista de la banda
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Dije a los chicos del bar que me gustaban los hombres y, sin querer, abrí una puerta que ya no podría cerrar. Esa misma noche, alguien me siguió al baño.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.
Habían pasado veinte minutos desde que Renata se fue con su acompañante y yo seguía con Sofía entre las piernas, respirando despacio sobre la arena.
La puerta se abrió justo cuando Carolina cruzaba el pasillo desnuda, con otro hombre detrás. Esa noche supe que mi silencio iba a tener un precio que jamás imaginé.
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Cuando llegamos esa noche, mi mujer ya tenía el plug puesto. Lo que no esperábamos era cruzarnos con un chico de diecinueve años que cambiaría la rutina.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Necesitaba más de lo que él podía darme, y cuando salí del depósito con el sabor todavía en la boca, el mensaje del taxista cambió la noche entera.
Lo juzgué nada más verlo en la marquesina con su polo rosa y su jersey al hombro. Veinte horas después, ese mismo niño rico me abría la puerta de su casa.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Le había pedido que no lo viera nadie del edificio. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera, ya estaba temblando entre las manos.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.