Me escondí en el armario y vi todo lo que hizo mi tía
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
El agua todavía me caía por la espalda cuando ella entró al baño sin llamar, con esa sonrisa torcida que llevaba semanas evitándome.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Pensé que la trampa estaba puesta para mi hijo. Tres horas después fui yo la que terminó en cuatro patas sobre su cama, con mi nuera abriéndome las nalgas.
Llevaba años deseando esos labios en silencio. Esa noche, peleando por el mando de la consola, su boca cayó sobre la mía y todo se rompió.
A las seis y media de la mañana salté la reja, entré por la cocina y me metí desnudo en su cama. Carmen ni se sobresaltó: me esperaba desde la madrugada.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Cuando la vi entrar al trabajo con los mismos leggings negros del día anterior, supe que esa jornada no iba a terminar como las otras. Tampoco como yo creía.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.