El viejo del bus me pagó y el conductor lo vio todo
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Mi marido no soportaba verme así, distante de mi propio cuerpo. Pidió ayuda al ginecólogo. Lo que recetó esa noche cambió todo entre los tres.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Lo contacté por una página de anuncios. Llevaba un año intentándolo y nunca se concretaba. Aquel 24 de diciembre fue la primera vez que me atreví.
A las siete de la tarde del 31 de diciembre no quería volver al hotel a estar solo. Recordé el lugar de cabinas a tres calles y empujé la puerta sin pensarlo dos veces.
Cruzó la puerta de la tienda con el vestido más corto de su armario. Don Rafael había esperado años para llevarla por la puerta escondida detrás del estante.