Mi marido y yo invitamos al profesor a casa
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Había bajado del escenario para agradecer los aplausos, pero su mirada se quedó clavada en los ojos de mi esposa, y supe que esa noche cambiaría todo.
Cuando Hernán subió al coche y me miró las piernas un segundo de más, supe que aquel viaje no iba a terminar en casa de mi marido.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Una propuesta hecha entre risas, frente al televisor de la cabaña, abrió una puerta que mis hermanas y yo ya no podríamos cerrar nunca más.
Cuando llegamos a la casa de mi suegro creí que la despedida sería como cualquier otra, hasta que vi a mi suegra bajando las escaleras con esa mirada que ya conocía.
A las ocho y media tocó el timbre. Mi marido le abrió; yo lo esperaba arriba, descalza, con un camisón que apenas tapaba nada y un vestido de novia tendido en la cama.
Llegué borracho a la cama y, minutos después, una sombra se deslizó bajo la sábana sin decir nombre. Pensé que era ella. No lo era.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.
Aquella tarde en la mansión, mis padres me dieron a elegir entre mis privilegios y una fantasía que jamás imaginé pagar con mi propio cuerpo.
Estaba desnuda en el balcón, fumando frente al mar, cuando vi al desconocido en el banco de enfrente. Y en lugar de cubrirme, decidí dejar que mirara.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.
Cuando entré al salón, él ya tenía la orden lista: yo debía seducir a Daniela antes de que él la abordara. La pantalla del cuarto de invitados estaría encendida.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.
Sus pechos rozaban mi hombro mientras me servía el segundo vodka. Era mi cuñada, pero esa noche dejó de comportarse como tal y yo dejé de fingir que no quería más.
Llegó a mi departamento con la mejilla todavía morada. Esa misma noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer al verme.
La bata apenas le cubría las piernas cuando se acercó al sillón. Tobías ya no fingía dormir y a mí se me notaba todo lo que llevaba meses callando.
Cuando bajé al living encontré a mi mujer comiéndole el pico a mi sobrino. Después supe que ellas ya tenían el plan armado y yo era el único que no sabía nada.
Llevaba quince años deseando a Marta. Aquella noche, en la puerta de su dormitorio, descubrí que ella sabía exactamente qué precio estaba dispuesto a pagar.