Mi primera vez con un hombre fue con mi mejor amigo
Estaba sentado en la orilla de la cama, con el pulso disparado y la certeza de que todo lo que creía saber sobre mí mismo estaba a punto de saltar por los aires.
Estaba sentado en la orilla de la cama, con el pulso disparado y la certeza de que todo lo que creía saber sobre mí mismo estaba a punto de saltar por los aires.
Llevaba años escondiendo una parte de mí. La noche que se lo conté a ella, no imaginé que terminaría preguntándome si lo haríamos juntos con varios.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
Pensé que solo iba a conocer a una mujer mayor. Cuando entendí lo que de verdad esperaban de mí, ya estaba desnudo en su habitación y no había vuelta atrás.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Cuando sentí ese bulto contra mis dedos en el sofá del balcón, supe que la noche no iba a terminar como la había imaginado. Y, lo más raro, no quise frenar.
Carolina entrecerró los ojos sobre mí y me susurró que quería ver cómo le metía la verga al novio de Sofía. Y yo a ella nunca le he sabido decir que no.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
El verano apretaba, la piscina se iba quedando vacía. Sus miradas se cruzaron una vez más de la cuenta, y las dos supieron que esa noche no se iban a casa solas.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.