Mi primera vez en un baño con un desconocido
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Bajé las escaleras descalza y los encontré en el sofá. Mi hermana de rodillas, mi cuñado con los ojos cerrados. Y yo, sin pensarlo, di un paso adelante.
Cuando abrí la puerta y vi a mi prima parada en el umbral con esa sonrisa, supe que la noche con mi novia ya no terminaría como la había planeado.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Hasta esa noche había sido invisible. Llegué con un vestido prestado y volví con la voz cambiada: lo que pasó en aquel baño me enseñó qué quería de verdad.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.
Llevaba un mes en coma cuando una mano cálida bajó la sábana en plena madrugada. Solo cuando abrí los ojos descubrí quién había decidido despertarme.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Cuando la puerta de madera de mi celda crujió pasada la medianoche, supe que era él. Cerré los ojos. No vine al convento huyendo del mundo: vine huyendo de lo que sentía por ese hombre.
Mientras me arreglaba para ir a su casa, sabía que esa noche no era una cita normal. La humedad ya me empapaba el tanga antes de salir por la puerta.
Empecé con un juego tonto: cruzar las piernas una, dos, tres veces hasta que no pudiera mirarme a los ojos. No imaginé hasta dónde íbamos a llegar.
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Llegué agotada de la universidad y me tiré en la cama sin siquiera quitarme los zapatos. No sé cuánto dormí. Cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado a mi lado.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Marcos la penetró sin avisar y Nadia le tapó la boca al mismo tiempo. Sin aire, con cada embestida, Valeria entendió que el control lo tenía él, siempre él.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.