La noche que mi mujer me filmó como su mascota
Encendí la cámara, le pasé el control a mi mujer y supe enseguida que aquella noche no iba a ser yo quien la tocara, sino el que la miraría de rodillas.
Encendí la cámara, le pasé el control a mi mujer y supe enseguida que aquella noche no iba a ser yo quien la tocara, sino el que la miraría de rodillas.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Le dije que había olvidado el bikini sin querer. Lo que no sabía era que ella iba a aceptar el reto de entrar al sauna conmigo, las dos sin nada encima.
Habíamos rechazado a tres parejas. Cuando por fin encontramos la perfecta, nos pusieron una condición que no esperábamos ni en nuestros sueños más raros.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Llevábamos semanas esquivando lo que los dos sabíamos que iba a pasar. Esa noche, cuando la escuché bajar las escaleras, ya no pude seguir fingiendo.
Llevaba puesto el conjunto negro de lencería de mi suegra cuando la puerta se abrió. Detrás de Lucía no venía solo Patricia. También estaba mi madre.
El móvil vibró con la orden de conectarme. En la pantalla apareció la piscina del chalet y mi cuñada esperando con un bikini que no dejaba nada a la imaginación.
Bajé al salón pensando que iba a ser una cena tranquila. Mi madre apareció con una falda corta, una camisa transparente y una baraja de cartas en la mano.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Bajé las escaleras descalza y los encontré en el sofá. Mi hermana de rodillas, mi cuñado con los ojos cerrados. Y yo, sin pensarlo, di un paso adelante.
Cuando abrí la puerta y vi a mi prima parada en el umbral con esa sonrisa, supe que la noche con mi novia ya no terminaría como la había planeado.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Hasta esa noche había sido invisible. Llegué con un vestido prestado y volví con la voz cambiada: lo que pasó en aquel baño me enseñó qué quería de verdad.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.
Llevaba un mes en coma cuando una mano cálida bajó la sábana en plena madrugada. Solo cuando abrí los ojos descubrí quién había decidido despertarme.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.