Mi primo me esperaba con una vieja fantasía
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Llevaba cuarenta años soñando con una mañana libre y vacía. Lo que no entraba en mis planes era empezar ese lunes viendo al vecino en pelotas y notar que se me cortaba la respiración.
Llevaba semanas sin poder quitarme de la cabeza a aquel hombre. Un día tomé el bus, llamé a Bruno y volví a la finca sin avisarle a nadie.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
El grito atravesó el patio interior y los vecinos con niños subieron el volumen del televisor. Sabían perfectamente lo que ocurría en el tercero izquierda.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
Vive con su novio en un piso pequeño, y los viernes la cuadrilla se reúne en el sofá. Esa noche ella entró descalza, con una camiseta ancha y nada debajo, y todos sabían para qué.
Nunca me había desnudado frente a nadie. Esa tarde, en su sofá de cuero, un hombre que me doblaba la edad me pidió que me quitara el blazer detrás del que llevaba toda la vida escondida.
Aquella tarde llegó vestida de negro, se pintó los labios frente al espejo y salió diciendo que dormía donde una compañera. Tardé años en saber a dónde iba realmente.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
Marina llevaba meses fingiendo que no lo miraba. Esa noche, atrapada entre el cristal frío y el calor de su jefe, dejó de fingir.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Cada mañana bajaba a desayunar rezando por encontrarlo otra vez en calzoncillos, fingiendo que no se me iba la mirada. Él lo sabía. Y empezó a buscarlo.
Solo quería sol y silencio. No buscaba a nadie, y menos a un hombre que me esperó en la orilla únicamente para decirme que no pensaba dejarme ir.
Le dije que solo quería practicar unas fotos. Era mentira. Lo que buscaba era que me mirara de una vez como yo llevaba semanas mirándolo a él.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Despachó a la chica que se ofreció a ayudarlo sin mirarla dos veces. Una hora después descubrió que era ella quien decidía si su carrera seguía viva o no.
Cuando el whisky cayó sobre mi vestido rosa supe que esa boda no iba a terminar como pensaba. Tampoco que el tío de la novia me buscaría en el pasillo más oscuro.
Cuando me puse aquel short minúsculo para bajar a tomar una cerveza con él, ya sabía que la noche no iba a terminar en el pasillo del hotel.
Su mensaje me llegó un martes a las cuatro de la tarde: «mi novio se fue, necesito salir». La hermana de mi mejor amigo me esperaba con ganas.