Ese pelirrojo descarado en la playa nudista
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Entré solo al sauna y salí temblando, con el sabor de una pareja desconocida todavía pegado a la piel y una confesión imposible de olvidar.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
La vi sola al fondo de la barra, con la copa en la mano y una mirada que pedía exactamente lo mismo que yo esa noche.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Fuimos de la mano hasta la casa del otro tío. Le di un beso en el portal, le dije que me esperara cerca y subí a hacer lo que llevábamos semanas fantaseando juntos.
Abrí la puerta medio desnuda, con dos juguetes aún tibios en el salón, y tres desconocidos entraron oliendo mi calentura antes de que yo dijera una palabra.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.