Lo que ocurrió en las duchas del gimnasio
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Tres noches seguidas la escuchó entrar al baño a la misma hora. En la cuarta, se paró en el pasillo. Solo para mirar una vez, se dijo.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
La promesa se la había hecho semanas atrás, en un momento de debilidad que no olvidaba. Ahora estaba aquí, y Karim no iba a dejarla arrepentirse.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
Pusimos el anuncio por curiosidad y llegaron cuarenta cartas. Solo una nos pareció interesante. Lo que pasó en esa habitación de hotel todavía nos sorprende.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.
Se había presentado como el activo del chat. Pero cuando le puse las manos en los hombros y vi cómo se relajó, entendí que esa tarde las reglas iban a cambiar.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.