Mi segunda trans y la noche más intensa que recuerdo
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Su novio nos miró sonriendo y dijo que el amor no era exclusivo. Esa misma tarde Marisol subió con nosotros a la habitación del hotel.
Llevaba dos semanas con el deseo prendido como una mecha. Cuando su marido cerró la puerta y se marchó al pozo, supo que esa noche no dormiría sola.
Cuatro días solo en la capital por trabajo. La segunda tarde, aburrido y con la laptop encima, abrí el chat sin imaginar lo que iba a tocar mi puerta.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Soy un hombre común, pero cuando me pongo la falda y las medias de rejilla me convierto en otra persona. Esa noche, dos extraños descubrieron quién era Valeria.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.
Cuando entré al laberinto de espejos no buscaba nada. Pero él ya estaba ahí, mirándome desde mil ángulos, y yo no me moví hacia la salida.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
Salí del baño con la toalla en la mano, no en el cuerpo, y la encontré agachada frente al minibar. Ninguna de las dos supo a dónde mirar.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Tres dedos suyos buscaban donde más quería yo sentirlos, mientras le entregaba la boca a un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre real.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.