El juego que inventé para que me miraran de noche
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Tres noches de mensajes con un extraño y, cuando me preguntó si estaba sola, decidí contarle la verdad sobre mí justo antes de darle mi dirección.
Me puse las zapatillas rojas, el baby doll y la peluca, hice un pedido cualquiera y me senté a esperar a que un desconocido tocara mi puerta bajo la lluvia.
Nunca había estado con alguien así. Cuando abrió la puerta y tuve que levantar la vista para mirarlo, supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Fingía esperar a alguien en la entrada cuando las tres se acercaron entre risas. Una me preguntó si tenía la noche libre. No imaginé hasta dónde iba a llegar todo.
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Pagué la entrada, busqué la cabina del fondo y creí que sería un minuto. Entonces escuché esa voz grave preguntar si había alguien al otro lado de la pared.
Le dije que todo sería por adelantado. Él sonrió, transfirió la mitad y me citó en un departamento donde nadie haría preguntas. Yo subí dispuesta a cobrar cada minuto.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Eran las seis de la mañana, yo seguía con el vestido de novia y mi marido roncaba inconsciente arriba. El camarero aún no se había ido, y yo ya no pensaba en dormir.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Tenía veintisiete años, una novia y una vida ordenada. Entonces aquel vecino lo miró en el autobús como si supiera algo que Tobías aún no se atrevía a nombrar.
Me pidió que sostuviera unas herramientas en cuclillas. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y aun así no me levanté.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.