El rey mago que me eligió en la cabalgata de Reyes
Nunca había sentido que alguien me mirara así desde una carroza, como si entre toda la gente me hubiera elegido solo a mí para la noche más larga del año.
Nunca había sentido que alguien me mirara así desde una carroza, como si entre toda la gente me hubiera elegido solo a mí para la noche más larga del año.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Tenía treinta y cuatro años, dos rupturas a la espalda y la certeza de que, si no me iba, terminaría apagándome en una oficina. Así que me fui.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Me escribió una sola línea: «¿Relato o fantasía?». No imaginé que esa pregunta terminaría con ella desnuda sobre mi camilla, esperando que se lo demostrara.
Nunca había pagado por sexo ni había estado con una chica trans. Esa noche quise las dos cosas a la vez y dejé que dos desconocidas decidieran hasta dónde llegar.
La vi apoyada en la barra como si el local entero existiera solo para sostenerla, y supe que ningún billete me iba a parecer caro por una noche con ella.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Subió tres pisos sudando, con una caja de vino entre los brazos y la mirada clavada en el suelo. Yo decidí, antes de abrir del todo la puerta, que no se iría tan pronto.
Las dos toallas en el colgador me avisaron de que no estaba solo. Lo inteligente era marcharme. En lugar de eso, me quedé pegado al cristal.
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.