El taxista mayor que me llevó a casa esa noche
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Llevaba meses imaginándolo: un vestido negro, unos tacones brillando bajo las luces y yo parada en una esquina, a la vista de todos los que pasaran.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Llevaba siete años casada y jamás había mirado a otro hombre. Hasta que mi marido me tomó de la mano y me confesó lo que de verdad deseaba.
Me senté en el borde del muelle sin buscar nada, pero su mirada de hombre que sabe lo que quiere me desarmó antes de que dijera una sola palabra.
Estaba secándome la espalda cuando la puerta se abrió de golpe. Ella me vio entero, se disculpó y salió corriendo. No imaginé que volvería a cruzármela esa misma mañana.
Firmé mi renuncia sin mirar atrás. Esa noche sería el último polvo de mi vida como hombre, y pensaba aprovecharlo antes de empezar a ser quien Carla siempre quiso.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Bastó una traición y una noche con el hombre equivocado para que cambiara de idea para siempre.
Estaba sola en la barra, aburrida y con dos tragos de más, cuando él se sentó a mi lado y me miró como si ya supiera todo lo que íbamos a hacer esa noche.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.