Trío en la autocaravana durante una parada
Volví al bar por mi mujer y la encontré demasiado cómoda entre dos camioneros; esa noche, dentro de la autocaravana, todo se torció de la peor y más excitante forma.
Volví al bar por mi mujer y la encontré demasiado cómoda entre dos camioneros; esa noche, dentro de la autocaravana, todo se torció de la peor y más excitante forma.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Nos sentamos frente a frente en primera clase y, antes de la siguiente parada, ya estaba temblando por lo que ella me dejaba ver bajo la mesa.
Sin foto de perfil, discreto, sin dramas. Cuando el desconocido de la app le mandó una foto por privado, Bastián reconoció al novio de su mejor amigo.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
La segunda vez no salió de la sombra para gritar ni para huir: salió con el vestido abierto y dijo que llevaba semanas esperándome.
Solo iba a venderle un tanga mojado, pero cuando me dio la primera orden ya estaba abierta de piernas, temblando y deseando obedecer.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.
En la galería fingía tenerlo todo bajo control, hasta que un desconocido me ordenó soltar la copa y obedecer.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Solo iba por unas almohadas y un helado, pero ese hombre no dejaba de mirarme las piernas como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
Creí que solo iba a espiarlas desde la toalla, pero cuando una de ellas me sostuvo la mirada supe que ya no estaba mirando yo solo.
Llevaba meses escribiéndome con él. Esa tarde cruzó mi puerta sin decir una palabra, y mi marido entendió que esa noche no mandaba en su propia casa.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Se ajustó las cuñas, me miró por el espejo y dijo que esa noche pensaba dejarse llevar. No imaginé hasta dónde, ni cuánto me gustaría mirar.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.