Nieve, jacuzzi y la pareja de al lado
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
La novia me la presentó como «una compañera del trabajo». Tenía el vestido justo, un tatuaje en el escote y una manera de mirar que no era casual.
Me habían abandonado hacía tres semanas. Esa noche entré al bar sin ganas de nada y salí con la certeza de que no sabía nada sobre el placer.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.
Llevábamos meses con esa fantasía. Cuando el candidato no apareció, decidí ser yo el desconocido. Entré al café y me acerqué a mi esposa como si no la conociera de nada.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Llevábamos semanas hablando por chat antes de vernos. Cuando la reconocí desde lejos, con esa blusa ajustada y esa sonrisa cómplice, supe que algo iba a pasar.
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.