Lo que pasó en el autobús aquella mañana
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Llevaba semanas con el masajeador guardado en el cajón sin animarme. Esa noche el chat con un desconocido me hizo decidirme por fin.
Abrí la puerta de la habitación y ahí estaba Renata: exactamente como en sus fotos, pero con los nervios a flor de piel que ninguna imagen captura.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Dos mujeres en un motel de Monterrey. Una de ellas, Daniela, tenía algo que yo llevaba años queriendo sentir.
La vi sola en el café durante semanas: gruesa, bonita, con un cuerpo que su ropa no podía ocultar. Cuando me confesó que llevaba meses sin sexo, supe que algo iba a pasar.
Llevaba meses preparando ese día: la peluca, el vestido, el lubricante. Creía estar sola en el mirador abandonado. El guardia tenía otra opinión.
Él apareció en mi puerta: dos metros de piel oscura y ojos que me desnudaron antes de que abriera la boca. Todavía no sé cómo llamar a lo que pasó esa noche.
Me pidió fuego y cuando le acerqué el mechero sus ojos me deslumbraron. Cinco minutos después íbamos camino a su piso y yo todavía no entendía en qué me había metido.