La noche que cuatro monitores entraron a nuestra carpa
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Llevábamos semanas hablando por chat antes de vernos. Cuando la reconocí desde lejos, con esa blusa ajustada y esa sonrisa cómplice, supe que algo iba a pasar.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Llevábamos meses con esa fantasía. Cuando el candidato no apareció, decidí ser yo el desconocido. Entré al café y me acerqué a mi esposa como si no la conociera de nada.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Me habían abandonado hacía tres semanas. Esa noche entré al bar sin ganas de nada y salí con la certeza de que no sabía nada sobre el placer.
La novia me la presentó como «una compañera del trabajo». Tenía el vestido justo, un tatuaje en el escote y una manera de mirar que no era casual.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.