El desconocido del supermercado me siguió hasta casa
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando me pidió que le consiguiera hombres durante el verano, supe que el viaje a la costa iba a cambiarnos para siempre.
Pensé que la siesta dejaría la playa vacía. Cuando volví del mar, ella tenía una mano dentro del bikini y los ojos cerrados, ajena a que la estaba mirando.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Lo contacté por una página de anuncios. Llevaba un año intentándolo y nunca se concretaba. Aquel 24 de diciembre fue la primera vez que me atreví.
A las siete de la tarde del 31 de diciembre no quería volver al hotel a estar solo. Recordé el lugar de cabinas a tres calles y empujé la puerta sin pensarlo dos veces.
Tres amigas, una pista de baile y una decisión que cambió la madrugada. Esto fue lo que pasó cuando dejé de buscar a Renata y la encontré justo donde no debía mirar.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Cuando colgó el teléfono entre sollozos, supe que esa noche acabaría en mi casa. Lo que no supe entonces es lo lejos que estábamos dispuestos a llegar los dos.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.