La primera vez que la dejé subir al auto de otro
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Damián juraba que sabíamos divertirnos. No imaginé que su invitación nos llevaría a un pasillo de cortinas rojas donde mi esposa decidiría por los dos.
Ella nunca llegó al punto de encuentro. Veinte minutos más tarde, un desconocido se me acercó con una propuesta que no estaba en mis planes.
Cuando bajé al parque del Olivar aquel sábado, no imaginé que pasaría la tarde siendo el juguete de dos hombres en un baño donde cualquiera podía entrar a maquillarse.
Entré al salón completamente desnuda mientras ellos todavía sostenían las cartas. Lo habíamos hablado con mi marido, pero el final lo improvisé yo.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
Subí con una desconocida y al cerrar la puerta supe que mi vecina ya estaba apostada detrás de la cortina, lista para ver cada detalle de lo que pasaría.
En cuanto se vio en el espejo con el vestido puesto, supo que esa tarde no iba a poder caminar tranquila ni cinco metros sin que la siguieran.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
Subí al bus con falda corta y sin brasier. Cuando me senté detrás del chofer, noté que el retrovisor no apuntaba al pasillo: me apuntaba a mí. Entonces decidí ponerlo a prueba.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
Cada ciudad nueva es una posibilidad. Me llamo Valeria, viajo sola y llevo una vida que muy pocos conocen. Esto es lo que pasa cuando apago el teléfono.