Me dejaron atada y nadie supo cuánto lo deseaba
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Subió a su ático dispuesta a echar al intruso a patadas. Bajó la cabeza cuando él le ordenó servir el vino de rodillas, y descubrió que obedecer también era un placer.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.
La vi en el borde del agua comiéndose con los ojos a mi novio delante de mí. Esa noche le enseñé, atada y de rodillas en mi cuarto, cuál era su lugar.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Eran las seis de la mañana y él me miraba por el retrovisor como si ya supiera lo que yo iba a permitir. Esto pasó de verdad y no me arrepiento de nada.
Esta noche duermo en el suelo y me lo busqué yo. La paradoja de pedirle a tu Dom que te ordene algo y descubrir que ya no hay vuelta atrás.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Supe que algo iba mal en cuanto le vi la cara al entrar. No hubo saludo, solo una frialdad calculada y una orden: «Di en voz alta de qué eres responsable».
Cuando se abrió la puerta del ascensor y vi la del piso entornada, entendí que esta vez no habría reglas. Y una parte de mí lo estaba deseando desde hacía días.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.