Lo que hice en las cabinas del cine para adultos
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Tocó el timbre a las siete menos diez, con chocolates para los niños y esa sonrisa con la que siempre disimulaba que en realidad venía por otra cosa.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.
Podía nublar una ciudad entera con su deseo, pero esa noche fue Renata quien cerró el candado, se guardó la llave en el bolsillo y le sonrió como una carcelera enamorada.
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
La llave de su jaula cuelga del cuello de otra mujer, y cada día que pasa sin liberación su poder crece. Esa noche, el barrio entero iba a sentirlo.
Llevaba un mes y medio enjaulada por orden de Bruna. Esa mañana, cuando la llave giró por fin, ni el barrio entero pudo contener lo que se desató.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Llegué al hotel sin peluca y sin saber que ese desconocido tenía un plan: borrar al hombre que veía en el espejo y dejar solo a la mujer que yo siempre quise ser.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.
Dejó los baúles sobre la cama y me ordenó probarme cada prenda. Esa noche entendí que el viaje no era un destino, sino la prueba de cuánto le pertenecía.
Avancé a la par de mi patrocinadora, no detrás de ella como los otros casos. Yo era el mejor calificado, y esa noche todas querían comprarme.
Empezó con un amante en secreto y terminó con mi marido arrodillado en lencería. Lo que nunca supe es quién había planeado todo desde el principio.
La primera vez que llamó «tetitas» a mi pecho plano me reí. La segunda vez, mi cuerpo se arqueó solo y supe que algo dentro de mí había empezado a cambiar para siempre.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Cuando bajé al gimnasio del hotel no esperaba terminar la noche con los nudillos hinchados y dos costillas rotas que no eran mías. Lo que vino después fue peor.