La lugarteniente de la reina y su esclavo
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
Salió del baño con una americana blanca que apenas cubría lo justo, un chupete rojo en los labios y esa sonrisa suya. Supe que esa noche iba a ser distinta.
Me dije que solo sería un café. Que podía controlar la situación. Pero cuando abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre, ya no había vuelta atrás.
A las once de la noche bajé al lobby en pijama por un paquete. Lo que no sabía es que el hombre que lo traía se quedaría a charlar.
Nadia tenía dos esclavos perfectos, medio millón de dólares acordados y una sonrisa de victoria. No imaginó que Viktor traería el collar para ella.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Me agarraron por detrás sin que lo viera venir. En segundos estaba de rodillas en plena luz del día, con todo el parque mirando.
Vino a mi puerta a molestar con su actitud de macho. Se fue del suelo sin poder caminar. Nadie volvió a subir la música.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
Llegamos al hotel con una mochila que ella no había visto abrirse todavía. Cuando lo hice, su respiración cambió de golpe.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Pensé que el simulacro de incendio duraría minutos. Dos horas después, en un aula sin señal y sin testigos, entendí que no había ningún simulacro.