La noche que una desconocida me hizo su esclavo
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Tenía las pinzas mordiéndome los pezones y la cadena tensa entre los dedos de Adrián. Solo una palabra bastaba para que todo parara. No la dije.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
Ella se repetía que era una mujer decente, pero esa noche, en la habitación del hotel, descubrió cuánto deseaba obedecer cada una de mis órdenes.
El mensaje llegó al atardecer: preséntate a las 13:45, vestido negro, sin joyas, sin bolso. El resto, obedecerás. Era la única moneda que me quedaba.
Llevaba cinco días sin un solo mensaje de ella, y esa ausencia lo dominaba con más fuerza que cualquier orden que le hubiera dado nunca.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Llevaba toda la vida siendo la fuerte, la que cuidaba de todos. Esa tarde, un desconocido me ordenó subir a su coche y, por primera vez, dejé de decidir.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.
Empezó con un tanga rojo y un «póntelo, amor». Terminó con ella sonriendo desde la encimera, decidiendo por los dos cómo iba a ser el resto de mi vida.
Le dije que esa noche no salía. Entonces tocó mi puerta con un vestido rosa en la mano y esa sonrisa que ya sabía de antemano que iba a ganarme.
Nadie en el juzgado imaginaría que lo esperaba desnuda y de rodillas, conteniendo el aliento, a que él cruzara la puerta y le recordara a quién pertenecía.
Pensé que iba a rogarle que guardara el secreto. No imaginé que cuando volviera al salón lo haría con una fusta en la mano y unas botas de tacón.
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Llevaba dos años imaginando este día. No sabía que un cincuentón trajeado, con la mirada clavada en la mía, decidiría por mí cómo iba a ser mi primera vez.
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Esta mañana, mientras esperaba el café, volví a verme de rodillas sobre el piso recién lustrado, con las piernas dormidas y la mirada baja, aguardando una sola orden suya.
Entré pensando que era el dueño de todo. Marisol, de rodillas y con sus guantes amarillos, ya había decidido que esa noche el dueño sería ella.
Me arrastraron a la sala de examen por no respetar las reglas. No sabían que era justo lo que yo quería: que alguien por fin decidiera por mí.
Llevaba días sin saber de ella, soñando con sus órdenes. Esa tarde crucé una puerta que no debía y descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar.